El margen de error en medicina: cuándo es aceptable y cuándo genera responsabilidad


La medicina trabaja con probabilidades, no con certezas absolutas. Incluso cuando se dispone de pruebas, protocolos y tratamientos eficaces, existen situaciones en las que el diagnóstico no puede conocerse inmediatamente, un tratamiento no produce el resultado esperado o una complicación aparece pese a que se hayan adoptado las medidas adecuadas.

Por eso, hablar de «error médico» exige cierta cautela. Que el resultado haya sido malo no significa necesariamente que alguien haya actuado mal.

La cuestión realmente importante es otra: ¿qué podía exigirse razonablemente al profesional en esas circunstancias y se actuó conforme a ello? Ahí es donde empieza a distinguirse una complicación inevitable de una posible negligencia.

 

La medicina no exige acertar siempre

Un médico puede tomar una decisión correcta y que, aun así, el paciente evolucione desfavorablemente. Esto sucede porque muchas decisiones clínicas se adoptan con información incompleta. Al comienzo de una enfermedad, los síntomas pueden ser inespecíficos; determinadas pruebas pueden no detectar todavía el problema y existen tratamientos que, pese a estar correctamente indicados, no garantizan una respuesta favorable.

La responsabilidad médica no puede convertirse, por tanto, en una obligación de resultado. Lo que se exige es que la actuación profesional sea adecuada a los conocimientos científicos disponibles y a las circunstancias concretas del paciente.

No se trata de valorar si el médico consiguió finalmente el resultado deseado, sino si tomó las decisiones que razonablemente correspondían en cada momento. Esta diferencia es fundamental para comprender qué puede considerarse realmente una negligencia médica.

 

El resultado no permite juzgar por sí solo la actuación

Cuando una persona sufre una complicación grave, es natural analizar retrospectivamente lo ocurrido y pensar que quizá podría haberse hecho algo diferente. El problema es que conocer el desenlace cambia nuestra percepción de las decisiones anteriores.

Una vez que se sabe cuál era la enfermedad, puede parecer evidente que determinados síntomas apuntaban hacia ella. Pero el profesional tuvo que tomar decisiones cuando todavía no disponía de esa información.

Por eso, una valoración seria de una posible negligencia debe evitar el llamado razonamiento retrospectivo: no basta con preguntarse qué habría sido ideal hacer, sabiendo ya lo que ocurrió después. Hay que determinar qué información existía en cada momento y si las decisiones adoptadas eran razonables con esos datos.

 

El margen de error tiene límites

Que la medicina trabaje con incertidumbre no significa que cualquier decisión tenga justificación. Existen actuaciones que pueden considerarse contrarias a la buena práctica cuando se apartan de forma injustificada de los conocimientos médicos o cuando no se adoptan medidas que, dadas las circunstancias, resultaban necesarias.

El margen de error desaparece o se reduce especialmente cuando existen signos claros que obligan a reconsiderar una situación, cuando una prueba ofrece información relevante que no se tiene en cuenta o cuando la evolución del paciente contradice de manera evidente la hipótesis inicial.

La dificultad diagnóstica puede explicar un error. No necesariamente lo justifica.

 

También puede existir negligencia sin un error flagrante

No todas las actuaciones negligentes consisten en una decisión claramente equivocada. A veces el problema se encuentra en una cadena de pequeñas decisiones: una valoración insuficiente, una prueba que no se solicita, una evolución que no se vigila adecuadamente o una información que no se incorpora a tiempo a la toma de decisiones.

Por eso, analizar únicamente el momento en que se produjo el daño puede resultar engañoso. En determinadas reclamaciones, la cuestión decisiva está en reconstruir qué ocurrió durante todo el proceso asistencial y comprobar si las decisiones fueron coherentes entre sí.

La asistencia sanitaria es un proceso continuo. Un error inicial puede corregirse a tiempo si posteriormente se detecta y se actúa sobre él. Del mismo modo, una decisión inicialmente razonable puede convertirse en inadecuada si el paciente evoluciona y no se modifica el planteamiento.

 

¿Qué ocurre cuando existen varias opciones médicamente razonables?

La práctica clínica tampoco funciona siempre con una única respuesta correcta: en determinadas situaciones pueden existir distintas alternativas diagnósticas o terapéuticas que sean aceptables desde el punto de vista médico. Elegir una de ellas no convierte automáticamente las demás en incorrectas.

Esto resulta especialmente relevante al valorar una posible responsabilidad sanitaria. No puede exigirse que el profesional elija necesariamente la opción que, conociendo posteriormente el desenlace, parece más conveniente. Lo que debe analizarse es si la alternativa escogida tenía fundamento médico suficiente y era adecuada a las circunstancias del paciente.

La existencia de un resultado peor no transforma por sí misma una opción razonable en una actuación negligente.

 

La clave está en cómo se gestionó la incertidumbre

Quizá el aspecto más interesante del llamado margen de error sea que la buena práctica médica no consiste en eliminar la incertidumbre, algo que no siempre es posible, sino en gestionarla correctamente.

Cuando un diagnóstico no está claro, puede ser necesario ampliar el estudio; cuando un tratamiento no funciona como estaba previsto, hay que plantearse si debe modificarse; cuando aparecen nuevos síntomas, la hipótesis inicial puede tener que revisarse… En definitiva, el criterio médico también se demuestra en la capacidad para reconocer que una decisión anterior ya no resulta adecuada.

Por eso, una posible negligencia no siempre se identifica en la primera decisión adoptada, sino en no haber reaccionado cuando aparecieron datos que exigían cambiarla.

 

¿Cuándo puede existir responsabilidad médica?

Para determinar si un error supera ese margen aceptable no basta con demostrar que existió una actuación médica desafortunada y que el paciente sufrió un daño. Es necesario analizar si la actuación se apartó de la lex artis y, además, si esa actuación tuvo una relación causal con el perjuicio producido.

Esta valoración suele requerir revisar la historia clínica, las pruebas realizadas, los tratamientos administrados, la evolución del paciente y las circunstancias en las que se adoptó cada decisión. La valoración pericial médica adquiere aquí una especial importancia, porque permite determinar si la actuación cuestionada se encontraba dentro de las alternativas razonablemente aceptables o si, por el contrario, se produjo una desviación de la práctica médica exigible.

Por tanto, la pregunta no debería ser simplemente «¿se equivocó el médico?». En muchos casos, la cuestión correcta es mucho más precisa: ¿era razonable tomar esa decisión con la información disponible en aquel momento y se reaccionó adecuadamente cuando aparecieron nuevos datos?

Si la respuesta es negativa y existe un daño relacionado con esa actuación, puede existir base para exigir responsabilidad.

Cuando existen dudas sobre la adecuación de una asistencia sanitaria, contar con un abogado en negligencias médicas permite analizar el caso desde la doble perspectiva médica y jurídica.

Desde Atlas Abogados determinamos no solo qué resultado se produjo, sino si las decisiones adoptadas durante todo el proceso asistencial se ajustaron a la buena práctica y si existe una relación entre una eventual actuación incorrecta y el daño sufrido por el paciente.